Ella tuvo que partir, hace muchos años, tantos que ya no
recordaba como fue su partida. Él se quedó, sufriendo la espera de volverla a
ver, prometió esperar su regreso, la esperaba en silencio, recordando su
entrañable sonrisa, esa que lo llenaba como nadie podía hacerlo, era una de las
niñas de sus ojos, lo hacía feliz con una mirada cómplice, con una caricia… La
dejó marchar, en busca de un futuro mejor, en busca de oportunidades, no la
retuvo a su lado, pero se le partía el alma cada vez que se imaginaba una vida
sin ella.
Por su parte, ella le decía adiós con lágrimas en los ojos,
no quería marchar mas sabía que no podía quedarse, pensaba una y otra vez en
qué sería de ella, en cómo sería la vida detrás de aquellas montañas, aquellas
que se veían a lo lejos de su casa y que él le señalaba cada vez que ella preguntaba: “papá, ¿adónde
voy?”.
Lo miraba y pensaba en qué lo echaría de menos, él era un
hombre tranquilo, pacífico, transmitía serenidad y, su mirada mucho cariño, la
vida lo había castigado fuertemente, pero continuaba caminando, lento pero
caminando, porque la vida había corrido demasiado deprisa.
Él la miraba y veía el reflejo de la mujer a la que tanto
había amado, era ella, la misma, aquella que un día le dejó, en otro tiempo y
en otro lugar, era una calca. Eso le entristecía y lo llenaba más de fuerza
aún. Lamentaba no poder darle más, darle lo que se merecía, lo lamentaba y lo
lamentó.
Llegó el día de su partida y él le entregó una carta y un
oso de peluche. Le pidió que no la abriese hasta que no estuviese lejos de
casa, ella con una sonrisa prometió no hacerlo.
No sabía escribir, sabía lo justo, lo que la vida le había
permitido aprender, pero pidió que alguien reflejase uno a uno todos sus sentimientos. Le pidió perdón
una y otra vez, por no haber estado a la altura de las circunstancias, por
dejarla marchar por no poderle ofrecer un futuro mejor, por no haberla cuidado
lo suficiente, por haberla dejado quizás cuando más la necesitaba.
Marchó, se fue un día de otoño, de madrugada, las lágrimas
le recorrían la cara, tan bonita ella hasta cuando lloraba, no quería mostrar
debilidad, pero dejar atrás a su gente le partía el corazón…Después de ocho
horas de viaje se acordó de la carta, buscó en su mochila, la abrió y echó a
llorar, no tenía nada que perdonarle, no sentía rencor hacia él, ni siquiera se
había enfadado nunca, lo había extrañado en su ausencia, pero nunca le reprochó
nada.
Él siempre había vivido al límite, cuando la vida no te da
más salidas decía debes vivir al día como si no hubiese mañana, como si fuese
el último día, “en esta ciudad no puedes pensar en el mañana, porque mañana
igual no estamos” era su frase estrella, pero cuando sobrepasas el límite,
cuando tu vida sobrepasa el límite, corres peligro, cada paso que das es uno
menos y, ya no vale mirar atrás y tratar de corregir errores, solo te queda
esperar al final.
Él lo esperó, lo buscó y lo encontró…quizás siempre lo hizo,
quizás siempre esperó el final, quizás ese era su deseo. Ella nunca lo
entendió, nunca entendió su manera de ver la vida, nunca entendió su partida,
recibió la noticia a miles de kilómetros. Una noticia que era de esperar, lo
lloró en silencio, lo lloró el resto de su vida, lloró al único hombre que la
hizo feliz de verdad.
PD: Pelón va por ti.

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