lunes, 22 de octubre de 2012

La carta...

Ella tuvo que partir, hace muchos años, tantos que ya no recordaba como fue su partida. Él se quedó, sufriendo la espera de volverla a ver, prometió esperar su regreso, la esperaba en silencio, recordando su entrañable sonrisa, esa que lo llenaba como nadie podía hacerlo, era una de las niñas de sus ojos, lo hacía feliz con una mirada cómplice, con una caricia… La dejó marchar, en busca de un futuro mejor, en busca de oportunidades, no la retuvo a su lado, pero se le partía el alma cada vez que se imaginaba una vida sin ella. 

Por su parte, ella le decía adiós con lágrimas en los ojos, no quería marchar mas sabía que no podía quedarse, pensaba una y otra vez en qué sería de ella, en cómo sería la vida detrás de aquellas montañas, aquellas que se veían a lo lejos de su casa y que él le señalaba cada  vez que ella preguntaba: “papá, ¿adónde voy?”.

Lo miraba y pensaba en qué lo echaría de menos, él era un hombre tranquilo, pacífico, transmitía serenidad y, su mirada mucho cariño, la vida lo había castigado fuertemente, pero continuaba caminando, lento pero caminando, porque la vida había corrido demasiado deprisa.
Él la miraba y veía el reflejo de la mujer a la que tanto había amado, era ella, la misma, aquella que un día le dejó, en otro tiempo y en otro lugar, era una calca. Eso le entristecía y lo llenaba más de fuerza aún. Lamentaba no poder darle más, darle lo que se merecía, lo lamentaba y lo lamentó.
Llegó el día de su partida y él le entregó una carta y un oso de peluche. Le pidió que no la abriese hasta que no estuviese lejos de casa, ella con una sonrisa prometió no hacerlo.
No sabía escribir, sabía lo justo, lo que la vida le había permitido aprender, pero pidió que alguien reflejase uno a  uno todos sus sentimientos. Le pidió perdón una y otra vez, por no haber estado a la altura de las circunstancias, por dejarla marchar por no poderle ofrecer un futuro mejor, por no haberla cuidado lo suficiente, por haberla dejado quizás cuando más la necesitaba.

Marchó, se fue un día de otoño, de madrugada, las lágrimas le recorrían la cara, tan bonita ella hasta cuando lloraba, no quería mostrar debilidad, pero dejar atrás a su gente le partía el corazón…Después de ocho horas de viaje se acordó de la carta, buscó en su mochila, la abrió y echó a llorar, no tenía nada que perdonarle, no sentía rencor hacia él, ni siquiera se había enfadado nunca, lo había extrañado en su ausencia, pero nunca le reprochó nada.

Él siempre había vivido al límite, cuando la vida no te da más salidas decía debes vivir al día como si no hubiese mañana, como si fuese el último día, “en esta ciudad no puedes pensar en el mañana, porque mañana igual no estamos” era su frase estrella, pero cuando sobrepasas el límite, cuando tu vida sobrepasa el límite, corres peligro, cada paso que das es uno menos y, ya no vale mirar atrás y tratar de corregir errores, solo te queda esperar al final.

Él lo esperó, lo buscó y lo encontró…quizás siempre lo hizo, quizás siempre esperó el final, quizás ese era su deseo. Ella nunca lo entendió, nunca entendió su manera de ver la vida, nunca entendió su partida, recibió la noticia a miles de kilómetros. Una noticia que era de esperar, lo lloró en silencio, lo lloró el resto de su vida, lloró al único hombre que la hizo feliz de verdad.





PD: Pelón va por ti.



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